Perdonen el baile de cifras, pero la lejanía en el tiempo no ha hecho si no, crear cierta inseguridad en mi recuerdo. Corría el curso de 4º de primaria cuando los profesores trajeron la buena nueva: una pista cubierta, a modo de moderno polideportivo, sería construida anexa a nuestro querido colegio. Un curso más tarde, la promesa quedaría materializada, dando inicio las esperadas obras.

Los primeros momentos no resultaron demasiado agradables, pues como paso previo a la construcción, se procedió a la poda de un buen número de árboles del patio del Álvaro Cunqueiro Mora. Muchos habían sido los momentos de diversión los sucedidos en aquel bonito lugar. Juegos infantiles, y no tanto (pues de buen gusto los practicaría hoy yo), ocupaban gran parte de los recreos y demás tiempos de ocio: el escondite, el pilla-pilla, la “escalada” a los árboles…En cierto modo, una parte de nosotros se perdía. Pero aún a pesar del sacrificio, las expectativas generadas entorno a la ansiada pista, hicieron que los alumnos pasasemos con ilusíon aquel mal trago.

Luego llegarían las grandes paleadoras, y detrás los obreros. Y entre ellos y los niños se interpuso una valla metálica. Ahora nuestro espacio de recreo se había vuelto mucho más reducido. Se cobraba así el segundo sacrificio, aunque las ilusiones no decaían. Muchos sería los momentos de ocio “fronterizo”, pegados los niños a aquel alto e inquebrantable cerco, desde la cual observábamos el porvenir de tan “magnas” obras.

Así irían transcurriendo los primeros meses, y luego los segundos, y los terceros…El tiempo pasaba y el proyecto se dilataba cada vez más y más. Las ilusiones iniciales se habían tornado en cierto pesimismo. Y este pesimismo se transformaría en resignación cuando se hubo de conocer la mala noticia: las obras se paralizaban, pues “no había dinero”. El patio era un hervidero de comentarios que llegaban de todas partes. Algunos sostenían que las enormes piedras  colocadas a modo de muro había encarecido demasiado la construcción, otros sostenían que tal vez el proyecto fuese ideado para dejar la pista semi-cubierta o abierta, otros más creían que el problema era del cemento…

Sin bien nunca supe realmente el motivo, fuera por lo que fuese nuestras ilusiones habían huido, y con ellas se iba también nuestra pista, del mismo modo que lo habían hecho antes los árboles y buena parte del patio. Las generaciones irían dejando el Álvaro Cunqueiro para pasar al instituto, y la obra seguiría allí durante muchos años, inacabada, inconclusa, al igual que aquella promesa....

Una década después y en la plenitud de mis años universitarios, me dispuse, como hago habitualmente, a leer las noticias en prensa sobre mi tierra, Mondoñedo, al que tengo siempre presente aún a pesar de la distancia que supone hallarme residiendo en otra ciudad. Ojeando entre titulares me llevé muy grata sorpresa al toparme con la siguiente noticia: Las obras para acabar la pista del colegio de Mondoñedo ya empezaron. Y a medida que iba leyendo, numerosos recuerdos y añoranzas de la infancia venían a mi cabeza.

Mi ilusión había vuelto, pero ahora, los años y la desconfianza no me permitían vivirla como en el pasado, cuando tan solo era un niño. Quizás sea por ello que deseo incluso más ahora el término de las inconclusas obras. Y que los niños puedan disfrutar felices de la ansiada pista. Porque ello nos hará felices también a nosotros, los muchos que vimos como el pasar de los años arrebataba aquella la ilusión. Será entonces cuando tal vez recuperemos un pequeño trocito de nuestra infancia.

Ojalá la antigua promesa se vea cumplida.

Alejandro Hermida Artiaga


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